SANTO DOMINGO.- La salida de Mario Redondo Llenas del Centro de Corrección y Rehabilitación Najayo Hombres, tras cumplir una condena de 30 años por el crimen del niño José Rafael Llenas Aybar, de apenas 12 años, un hecho que marcó a la sociedad dominicana en 1996, estuvo acompañada de una imagen que no pasó desapercibida: la presencia de su hijo, quien no había nacido al momento de los hechos.
Mario Redondo Llenas salió del recinto penitenciario junto a su hijo Daniel, en una escena que evidenciaba el paso del tiempo. Ambos vestían camisas del mismo color rosado, lo que proyectaba una imagen de coordinación en medio de un momento cargado de simbolismo.
Con mirada fija y semblante serio ante los periodistas, el hombre, ya con 49 años y con evidentes huellas del tiempo en su rostro, procedió a leer un documento antes de entregar a su hijo lo que parecería un libro de color rojo, permaneciendo a su lado en todo momento.
La presencia del joven, descrito como sereno y atento a los presentes, marcó uno de los elementos más comentados de la jornada. El hijo acompañó en silencio a su padre mientras este enfrentaba las preguntas de la prensa, en un contraste entre el pasado que estremeció al país y el presente de un hombre que recupera su libertad tras tres décadas en prisión.
Mientras Mario José Redondo al salir ofrecía declaraciones a la prensa, su hijo permaneció a su lado durante el momento de recuperar la libertad.
El joven, quien no ofrecieron detalles más allá de su nombre, se mantuvo a espaldas de su padre del lado izquierdo mientras se dirigía periodistas.
Al salir del penal, Redondo pidió perdón a sus familiares, a quienes definió como “víctimas directas” del crimen.
El contraste generacional resulta evidente: el paso del tiempo marcado en el padre frente a la juventud del hijo, quien no existía al momento de los hechos por los que se cumplió condena. Sin embargo, ambos comparten una misma actitud: silencio, firmeza y enfoque.
La historia de José Rafael Llenas Aybar continúa siendo uno de los episodios más impactantes registrados en la República Dominicana, tanto por la violencia del hecho como por las circunstancias que lo rodearon. Más de dos décadas después, el caso aún provoca reflexión social y debate jurídico.
José Rafael, un niño de 12 años perteneciente a una familia del Distrito Nacional, llevaba una vida común para su edad, centrada en el entorno escolar y familiar. Todo cambió el 4 de mayo de 1996, cuando fue reportado como desaparecido tras salir en compañía de personas de su entorno cercano.
Días después, las autoridades confirmaron el peor desenlace: el cuerpo del menor fue encontrado en la zona de Arroyo Lebrón, próximo al kilómetro 24 de la autopista Duarte, con múltiples heridas de arma blanca. El hallazgo provocó una ola de consternación en la sociedad dominicana y una amplia cobertura mediática.
Las investigaciones apuntaron como responsables a dos jóvenes de 18 años, entre ellos un familiar de la víctima y un amigo cercano, lo que añadió un componente de conmoción adicional al caso por tratarse de un hecho ocurrido dentro de un círculo de confianza.
El proceso judicial que siguió estuvo rodeado de gran atención pública. Uno de los implicados recibió una condena de 30 años de prisión por asesinato con premeditación, mientras el otro fue sentenciado a 20 años como coautor. Con el paso del tiempo, ambos han cumplido sus penas de forma distinta, lo que ha reavivado el interés social en torno al caso.
El crimen, catalogado en su momento como uno de los más estremecedores de la época, dejó una huella profunda en la opinión pública y abrió discusiones sobre la violencia juvenil, la seguridad familiar y la respuesta del sistema de justicia ante hechos de alta gravedad.
A casi tres décadas del suceso, el caso Llenas Aybar sigue siendo recordado como un punto de referencia en la historia judicial del país, manteniéndose vivo en la memoria colectiva como un episodio que marcó a toda una generación.
